Un sueño recurrente para Daniel

“Una vez más, todos vestidos como toreros, en el centro de la plaza, mirábamos con el capote bajo al animal. Su tamaño descomunal, la fuerza en sus patas, nos hacía imaginarnos la embestida, el dolor en la entrada de los pitones. Ahora que lo pienso, más que el impacto inicial, me aterraba el doloroso movimiento del cuerno rasgándome las vísceras. Los toreros estábamos formados uno tras otro, recibiendo ordenadamente la embestida, cornados salvajemente, aguardando a que la víctima en curso cayera descuartizada, para que el siguiente diera un paso al frente y con los ojos cerrados recibiera el golpe del toro asesino, incansable, hasta que no quedara uno solo. Entonces, los toreros muertos se levantaban y volvían a formarse adoloridos y preparados para el castigo. Y eso lo sueño todas las noches; en ocasiones me despierto en la oscuridad, adolorido, con la certeza de que el toro se acerca a toda velocidad”, dijo.

El analista lo miraba callado. “Hmm”. Sus ojos lo estudiaron inexpresivos. Después de unos segundos de silencio, preguntó “y ¿qué asocia con lo que me está diciendo?”.

Parkinson dice

Recordó que en los botes de remo, lo importante es integrarte al movimiento de los demás, dejando que el vaivén te dirija suavemente a cada boga. Cualquier discordancia provoca una disminución en la velocidad y por lo tanto una discontinuidad en el deslizamiento sobre el agua. pareciera que el bote ordena tus propios movimientos.

Nos dijo que siempre admiró a Mohamed Ali. Decía que su elegancia y contundencia eran coreográficas.

Entonces se obligó a ver sus pensamientos aparecer en una suerte de procesión, sin detenerlos, indiscriminados.

Y finalmente, dijo, por qué no dejar pasar también todas esas aglomeraciones de nuestra vida; los pensamientos que se atropellan tras nuestra frente.

Por la misma razón, los ventrílocuos le parecían aberrantes.

Creía en los arranques desesperados de la escritura y en los momentos e inspiración creativa. Decía que en ellos su pensamiento se disolvía con el flujo. Eso, afirmaba, no era un pensamiento muy original. Sin embargo esa marea le parecía desolada.

Nos dijo que sus sacudidas eran, de alguna forma una expresión de balance. El equilibrio expresado en un temblor corporal, incontenible.

Sus dedos paseaban por los pliegues del mantel. Caminaban entre los pequeños cuadros del estampado. También nos dijo que dudaba al ponerse su ropa. Llegó a pensar que las prendas no eran suyas o que habían sido intercambiadas por otras.

Nos dijo que lo único que buscaba era detener la sensación de caída, el sentimiento localizado en la boca del estómago cada vez que abría la puerta y cambiaba de habitación. Tan insoportable era quedarse inmóvil como desplazarse y sentir que el aire nuevo lo llenaba de tristeza. Siempre decía que le daban ganas de llorar, pero no lo hacía, acumulando la tensión a cada minuto. La caída era descontrolada, no forzosamente vertical sino errática y vertiginosa, sin que la perspectiva de choque contra el fondo valga gran cosa.

No podía evitar el miedo que le generaba la desaparición de su cuerpo, de alguna parte de él, al azar, como un brazo o el ojo derecho.

Entonces le parecían desconocidos los lugares que frecuentó en el pasado.


Sigue Parkinson

Jeremías hablaba. Con voz desconocida, desbocado por decir lo impropio, lo sagrado desde un cuerpo terreno y de alguna forma profano, lo hacía consciente de su función de objeto, de amplificador de lo divino entre seres imperfectos que lo escuchaban, testigos de la contradicción y del discurso desbordado, autónomo y a la vez apasionado. La multitud lo mira hablar; observa y cruza sin escuchar lo que dice. El habla sigue fluyendo de su boca a pesar de sus labios. No se resiste más. Es un instrumento y permite que sus gestos enfaticen y marquen los acentos, las pausas. Su rostro acompaña con gestos y a veces también se separa inexpresivo, usando su neutralidad como evidencia del misterio o también como una muestra de dolor.

En la sala, los niños desfilaban uno por uno, al llamado de un hombre robusto de corta estatura, sentado en el piano. No hablaba. Se limitaba a tocar unas cuantas teclas que correspondían al primer compás de una obra conocida. Cada niño se acercaba y percibía los ojos cerrados bajo los lentes, su gesto grave y su olor a encierro, mientras la cabeza agachada esperaba que el niño siguiera con un canto ligero las notas. Repetía las notas en el piano con cada niño que seguía con variada actitud. Su mano izquierda en el piano dejaba que la derecha indicara el pie para que el niño cantara e inmediatamente señalara uno u otro grupo. La selección seguía un criterio privado y los niños se miran sin saber si están en el grupo correcto o no. Él pasa y canta. Al cantar, su voz sigue autónomamente la tonada. Sabe que no fue él quien cantó. Al terminar las notas, la mano señala anónima la dirección y el se reúne con sus nuevos compañeros. Nunca más volverá a cantar igual y lo intuye desde el momento en el que pasó al grupo señalado, por lo que siente miedo, se siente presionado por haber fingido involuntariamente la voz y sin poder explicar cómo lo hizo. Al cruzar la sala y llegar donde se reunía el grupo, apenas miró los rostros de los demás. Su llegada pretendía ser anónima y parecía que él prefería no ser visto. Miró cuidadosamente de reojo, deseando que nadie lo notara. En principio, nadie lo veía. Todos prestaban atención al proceso, aunque era evidente que estaban aburridos. Antes de mirar nuevamente hacia el piano, alcanzó a sentir los ojos de alguien que lo cuestionaba y no se atrevió a enfrentar la vista. Supo que durante toda la selección, los ojos del otro no se le despegaron en ningún momento, protegido únicamente por su aparente indiferencia, recordando que cuando más joven se escondía de su madre cerrando los ojos. El hombre seguía tocando la secuencia en el piano, mientras escuchaba la entonación de los alumnos. Él supo que no podría defenderse; la energía de su mirada le perforaba el cuello y sentía como su piel quedaba marcada, lacerada para siempre.

Una forma de sentir el llamado de la voz es privarse de los placeres más inmediatos. Para empezar, la vista, primera puerta del placer, debe limitarse, por lo cual, aquellos llamados a recibir la voz deben mantener su mirada bajo control. Algunos usan parches o incluso están los que se dañan la vista con cataplasmas de vinagre hasta que quedan hundidos en la sombra.

La voz es implacable y cruel. Aquellos que la reciben no pueden evitar acusar temor detrás de sus testimonios, entre palabras de alabanza y afirmaciones obscuras. Se les ve caminar por la calle nerviosos, sobresaltados con el canto de un jilguero o perturbados por cualquier rayo de sol. Dicen que sus palabras muestran el camino de la esperanza, pero también el castigo vigoroso que merecen los infieles.

En la introducción de Música para Camaleones, Truman Capote cuenta la forma en que su escritura es dominada por un verdugo que lo obliga a trabajar frente al escritorio, sin misericordia.

Por lo tanto, no hay remedio para quien es llamado. Nadie puede sustraerse al relámpago. No basta con intentar perder la fe. La voz sabe su camino, como lo saben el viento y el agua. No hay denostación que conjure a esa presencia que llama en el silencio y en el bullicio, que persigue con las mandíbulas rechinantes a los llamados que en ocasiones tratan de huir, de negar la devoción y el respeto. Cuando la voz se presenta, la libertad es solamente una conjetura y la muerte la mutación de un vehículo.

Los niños que cantan frente a un hombre que los dirige, no saben que están siendo preparados para recibir la voz.

Uno de los niños, elegido por el maestro, da un paso al frente y canta el Miserere. El coro responde y apuntala su voz, la voz, que se eleva en una plegaria que los hace temblar.

Felices escuchamos los cantos sin saber la condena que esconden.

“Hazme instrumento de tu amor”, dice y abre los brazos con osadía, con un movimiento casi prohibido, dejando que su piel palpe el viento y su cuerpo exprese con teatralidad proscrita el exceso de la voz, lo que su propia articulación no puede contener ya, una suerte de palpitación, de suspiro que da cuenta del significado de las palabras, comúnmente oculto para él y que por un momento se revela. Segundos después, su atrevimiento será reprimido y el dolor atacará sus huesos, su lengua, su sangre.

No se trata tampoco de evitar el tarareo o forzar la memoria para que una tonada enmascare la canción original que la voz dicta. Cualquier palabra en la boca de los llamados es ajena. El nombre propio, cualquier apelativo, no es más que una simulación.

Cuando decimos que habla como si fuera otra persona, apenas rozamos la superficie del fenómeno.

A lo largo de la historia se ha visto cómo los tiranos pueden ser derrotados. Comienza con la toma de conciencia, con una estructuración de una plataforma ideológica que deriva discursos libertarios. Los más reactivos sueñan; se reúnen en grupos pequeños, en la oscuridad, se sienten invencibles y a la vez ultrajados e indefensos; eso los hace fuertes y los incita a seguir con la subversión. Sus palabras tratan de salirse de la norma para instaurar otra. Sus cuerpos siguen el impulso dóciles. De pronto están listos y dispuestos a morir. Y mueren. Pero, en algunos casos, la fuerza de un nuevo discurso derrota al tirano. Sacude sus entrañas y lo destroza. Los rebeldes se pelean por una mordida de su cuerpo senil. Piden sangre; largos tragos. Se untan sus vísceras. Alguien se levanta y dice que este momento debe ser recordado, siempre. Cantan. Dibujan las batallas en las que perdieron los brazos y las piernas por la libertad. Bailan. Pero esto es solamente posible si la voz no está presente. Contra la voz no hay rebelión. Nadie puede hacerle nada. Nos anula; habla por nuestras bocas. Es invencible.

Cito a Darío: pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Notas sobre el Parkinson (Primera entrega)

La entrevista se llevó a cabo en su casa, una tarde nublada. Nos sentamos en la mesa frente a una taza de café. Él nos empezó a decir que le parecía una idea bastante común que alguien vigilara nuestras palabras. Más que los hechos, son los pensamientos los que son objeto de escrutinio. 

 

Nos dijo que la conciencia de ser no surgía necesariamente de un impulso interno sino que se escondía inevitable en la puesta en escena que decidimos montar todos los días. Lo que hago hoy, dijo, no es otra cosa que una representación más. Lo que más le preocupaba era que mientras pensaba, debía esconder con cuidado sus pensamientos. El que vigila puede tener una fuerza tan grande y puede ser tan cruel como el viento que arrebata la tierra de los sauces.

 

Dijo que su mirada nos secuestra.

 

Nos dijo que por momentos le gustaba seguir un parlamento fijo y hablaba pensando en ese único público. Pero el vigilante nunca aplaude; aunque a veces nosotros lo hagamos, él nunca muestra entusiasmo.

 

Sin duda, su abismo quedó marcado la noche en la cual su voluntad se dejaba ir, inconciente, con el flujo de los hechos, sus cosas le suceden

 

Desde entonces descubrió que la voluntad es apenas una breve reacción al torrente del tiempo. 

 

Nos dijo que su voluntad es apenas un guiño que simula reconocer los designios del tiempo. Estaba seguro, contaba, que cualquiera que fuera su decisión, sería solamente un remedo de los hechos verdaderos. Cuando lo decía, alisaba el mantel con las dos manos, abriendo un espacio entre el plato y la cucharilla de café.

 

Decía que todos los días se levantaba convencido de que no haría nada de lo que se proponía, sino que la vida misma le marcaba la única pauta posible.

 

Admiraba a los ilusionistas y a quienes afirmaban tener poderes telequinéticos. Cuando lo decía, se  mostraba triste.

 

Si escogemos un número, por ejemplo, ¿qué posibilidad hay que nos crucemos en la calle con exactamente esa cantidad de personas, antes de llegar a nuestro destino? Peor aún, ¿cómo saber cuál es nuestro destino?

 

Pensaba que el deseo era una expresión de la casualidad.

 

Le inquietaba la música programática y la música del azar lo hacía sentir profundamente triste.

 

Alisaba el mantel nerviosamente. De la cucharilla al plato, sin cesar.

 

Se quejaba de sus vecinos. En el piso de arriba vivía un músico que practicaba a deshoras. Cuando logró acostumbrarse a sus acordes repetidos, el vecino decidió invitar a otros músicos a integrarse a los ensayos. Muchas veces prefirió sentarse en la mesa a beber agua desmedidamente, mientras la música se desarrollaba.

 

Es como la suite de Alban Berg, decía, que fue compuesta a partir de un amor imposible.

 

Confesaba terror al cortarse mientras se afeitaba.

 

También soñaba con el viento desatado que arrancó los árboles más antiguos de los jardines de Versalles.

 

Para él, la distancia no era otra cosa que una expresión de lo inevitable.

 

Cada vez que veía un pantógrafo recordaba que en una tienda cercana a su casa, cuando era niño, exhibían una caja con el mecanismo de reproducción, con frases que lo hacían parecer un acto de magia.

 

Una tarde nos dijo que tomo conciencia de sí cuando se imagino una inevitable puesta en escena. Lo que hago hoy, dijo, no es otra cosa que una representación más. El gran actor es aquel que interioriza su papel al grado de olvidar el único hecho contundente: que sus palabras son parte de un parlamento escrito por un autor desconocido que fabrica un personaje absolutamente falaz.

 

Sentía que todas sus decisiones las tomaba en un terreno movedizo. Confesaba que se equivocaba con frecuencia al resolver cuestionarios que admitían una sola respuesta. Para él, el mundo se regía por espacios delimitados por una matemática caprichosa, en principio de esencia exclusivamente abstracta.

 

Gozaba con las listas y los compendios. Confesaba guardar recortes de períodico obsoletos con rankings y ennumeraciones. No entendía de movimientos bursátiles, pero le daba una gran tranquilidad mirar la sección financiera en los diarios.

 

Sin levantar la cabeza explicó que evitaba las multitudes porque se daba cuenta que sus movimientos estaban supeditados al flujo de la masa.

 

Odiaba la idea de flotar con la multitud.

 

El hipo, los estornudos y los temblores nocturnos lo aterraban.

 

Temía firmar una carta poder. Cualquier compromiso escrito parecía un riesgo mortal.

Recordaba la noche en que una cantante subió al escenario absolutamente borracha. Actuaría fingiendo cantar, mientras una pista grabada tocaba en el fondo. Intentó mover la boca de acuerdo con la letra de la canción, pero su estado provocó que se equivocara consistentemente, hasta que detuvo la mirada perdida y dejó la boca entreabierta, mientras la música terminaba por su lado. Confesó que en ese momento, viéndola perdida, se soltó a llorar.

 

También decía que le sorprendía la historia legendaria del actor que cada noche representaba al mismo personaje con un registro distinto, durante una temporada que se alargó durante mucho tiempo. 

 

Naturalmente era presa de una compulsión inevitable de bailar con cierto tipo de música o de soltar una carcajada con el roce de algún punto del cuerpo.

 

Fue entonces cuando dijo, alisando el mantel, que sabía, al leer ciertos pasajes de algunos libros, que él los había escrito. Dijo que a pesar de o reconocer o recordar su composición, estaba totalmente seguro de haberlos escrito. Encontró sus textos en muchas novelas, en crónicas de viaje, en consejos de belleza y en manuales de aparatos eléctricos. Se sintió incómodo cuando alguien le hizo ver que el pasaje del que reclamaba autoría, había sido publicado varios siglos antes. Le parecía una ceguera evidente. Temblaba al decirlo y luego calló, como si se hubiera arrepentido de la confesión.

 

Siempre le quedaba la duda de haber tomado el abrigo correcto cualdo lo descolgaba de los percheros en los restaurantes.

 

Lo mismo le sucedía cuando tomaba cualquier transporte público y miraba inquieto los mapas buscado respuestas. 

 

Decía que de niño le daba miedo pensar qué sucedería cuando los profetas sufrían con lo que les dictaba el espíritu.

 

Alisó el mantel y nos dijo que en el fondo también hablaba de un desplazamiento de la culpa, de una exclusión o una dispensa en la cual se establecía un caso ético excepcional. El acto en sí es el depositario de la responsabilidad y no el sujeto que ejecuta. Eso es, por supuesto, inaceptable, pero era la única forma de entender el fenómeno de hablar en lenguas o de los actos que realizaba automáticamente.

 

Nos dijo que tenía unos amigos, gemelos idénticos. Uno de ellos comía y el otro engordaba.

 

Entonces se sacudió por primera vez. Fue algo extrañamente inesperado porque el lo había anunciado antes de nuestra reunión. Sin embargo, lo repentino produjo un asombro similar al que ocurre cuando vemos un fenómeno espectacular operando frente a nuestros ojos.

 

Él nos dijo que aunque sepamos que un volcán hará erupción o que un artefacto hará explosión, nunca dejaremos de sobresaltarnos con el estruendo.

 

Dijo que esa era la misma sensación que alguién experimenta al presenciar un alumbramiento. 

Sus sacudidas se repetían períodicamente y al final de cada una, sacaba una pequeña libreta de color verde de su bolsillo y anotaba la hora.

Ceguera

Creo que lo menos inteligente que te pueden decir cuando pierdes una facultad es que el organismo sustituirá la carencia por una reacción superlativa de los órganos sanos.  Lo que sucede es que tu universo reducido te habla de frente y tienes que aprender a vivir en dimensiones reducidas.  Eso es todo.  La necesidad metafísica de pensar en la inteligencia de nuestro organismo como algo infalible es parte de una educación conservadora que se niega a reconocer los defectos en la estructura de nuestro cuerpo.  Nuestro cuerpo, réplica del cuerpo místico de Cristo, imagen del cosmos, pronunciamiento de Dios en la finitud, no puede ser tan imperfecto y por eso nos rehusamos a reconocer que la vista nos abandona, que nuestra movilidad es limitada, que la fuerza con que enfrentamos los obstáculos del mundo es insuficiente.  También es evidente que la idea de sustitución esconde la incapacidad de reconocer la desigualdad, seña de identidad de la condición humana.

La tormenta

Trazan sus pasos el rastro de la tromba

y su camino desata la tormenta.
La ribera se disuelve en el azote
de la lluvia y el viento. En tanto viaja
contra el agua que lo ciega paso a paso
como los recuerdos ciegan el presente.
Su corriente nos arrastra atropellada
por los olores de la hierba, las tardes,
nuestra casa en llamas contra el cielo ardiente,
la pulsión que incendia nuestro pensamiento,
ese mundo que fue nuestro, desmembrado.
El torrente lleva los últimos restos
de todo, lo nuestro, lo ajeno, lo perdido;
lleva las hojas y desde lejos flota
el rastro de sus afectos olvidados.
La evidencia es su paso ante el desastre.

De esto se trata

Entonces, me levanto de la cama y no entiendo por qué el mareo no cesa. La ventana se me viene encima y corro hacia el otro lado tratando de esquivarla, chocando contra los pies de la cama y enredándome con la ropa tirada en el piso. Escucho los gritos a la distancia y reconozco que tengo que salir de ahí lo antes posible, tengo que acallar el llanto en la habitación contigua pero el balanceo se vuelve más violento y no me permite dar otro paso sin caer al piso una y otra vez. Decido esperar. Viajo con el vaivén mientras los gritos se vuelven más apremiantes, pero ya no puedo hacer nada. Cierro los ojos. Sigo viajando.

Nadie nos ve

1. Es común encontrar instrumentos que nos permiten ver sin ser vistos. A mi hijo le regalaron un catalejo que tiene un orificio a la mitad del cilindro y que tiene un lente para reflejar la imagen lateral, en lugar de la frontal, la que parece evidente que observa. Cuando se lo dieron le pareció una sofisticación inútil; la evidencia de la observación directa era mucho más placentera que el engaño inocente. Le gustaba más levantar la falda de las mujeres que dejar caer sutilmente el espejo o asomarse por debajo de la mesa.

 

2. Toda perversión oculta se disfruta la mitad. Cada vez que viajamos nos preguntamos qué es más importante; la fugaz experiencia vivida en el instante o el recuento al que tendremos un acceso limitado de veces.

 

3. O será también que las conversaciones de un lado a otro de los salones, sin pudor, son como el goce descarado o el grito que se desprende del bajovientre.