Nadando hasta que no haya forma de volver

Porque llega un momento en el cual si seguimos nadando, el sentido común nos dice que no podremos volver. Algo contrario al momento en el que salimos de la orilla, jóvenes, con fuerza, a sabiendas que la idea de partir y lo que habíamos estado esperando desde que vimos el mar por primera vez es lo único importante. Tocamos la orilla con los pies y nos dejamos ir con la idea de que aprenderíamos el braceo pertinente, que podríamos patalear con ritmo y avanzar kilómetros sin chistar, sin darnos cuenta apenas de que el mar no se acabaría a pesar de nuestra voluntad de nado. Las olas mantienen su forma ondulante y aumentan la distancia hacia todos lados para que el movimiento de nuestro cuerpo sea apenas un remedo de viaje. En la agitación, nada se mueve, solamente nos internamos en las aguas inútilmente, hasta que algo nos diga que si seguimos adelante, o hacia aquella ilusión de avance, no regresaremos, nuestra vida no será suficiente para lograr volver. Por primera vez desde que salimos, recordamos la tranquilidad de la playa, la calidez del abrazo de la gente que nos quiso, la sonrisa de nuestros amigos. Todo aquello que prometimos dejar para siempre, se vuelve importante porque el mar, en su infinita confusión, nos arrastra hacia la nada. Lo que soñamos es solamente una forma de saber que deseamos imaginarlo, pero no partir, a pesar de ser demasiado tarde para darnos cuenta de ello. Ahora pensamos volver en la convulsión de la marea que nos impide ver la costa. Seguiremos nadando sin saber. Nada.

Author: Salvador Alanis

Escritor. Nacido en la Ciudad de México (1964). Vive actualmente en Toronto.

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