Al final de las vacaciones

Me dijo que no hay momento en el que se pueda bajar la guardia y dejarse ir. Desconfío de los movimientos musculares involuntarios, decía, de la respiración, del tránsito peristáltico de los alimentos, de lo inevitable de la escucha, la vista, o las mareas de la memoria, que no eran sino la ilusión de continuidad que necesitamos para combatir nuestra ansiedad. 

Por eso hay que dormir con un ojo abierto, afirmó, asegurar el tono muscular y, si se puede, emitir un gemido continuo, casi inaudible, a fin que las cuerdas vocales no se distiendan. Y si el sonido se vuelve insoportable a lo largo de los días, habrá que golpear las paredes, sacudirse, masticar trozos de madera hasta que los cóndilos del maxilar se inflamen, tal vez arañarse un poco, las piernas, por ejemplo. 

Author: Salvador Alanis

Escritor. Nacido en la Ciudad de México (1964). Vive actualmente en Toronto.

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