Fin del verano

La luz perdida del verano se fija en nuestros párpados. El verdor, la suavidad del aire, la caricia del contorno celeste, todo llega en forma de recuerdo, partiendo desde el instante mismo de su llegada. Más que fugacidad, el verano parece condenado a vivir en el pasado hoy mismo; es engaño, ilusión destinada a darnos ánimo, a volver soportable la fatiga, la vida en la oscuridad, los ojos desconcertados en las mazmorras. Mientras tanto, dejemos que la tarde nos toque con su ilusión, con sus mentiras y su dulzura. Olvidemos los látigos, el dolor en los huesos, el peso que curva nuestra espalda.

Trampas

Suelen decir que las lesiones musculares generan una memoria profunda, casi oculta. El músculo queda susceptible a repetir la lesión, independientemente de su total rehabilitación. Aun cuando el resto del organismo pueda generar una protección y soporte adicional a la zona afectada, esa memoria de la lesión se vuelve una característica de la conducta del músculo, una condición del comportamiento del mismo. El músculo lesionado simula, repite en su memoria la lesión y se lastima sin haber una causa evidente. De manera similar al torbellino que captura a los adictos y los sumerge en un comportamiento que los ahogará, el músculo inventa y reincide en una situación de la que ya se ha curado. Vemos a estos individuos levantar los brazos con timidez, caminar con torpeza, levantar objetos del piso con gran dificultad, víctimas del recuerdo de un dolor que ya no existe.

Tal es la marca del dolor o del placer que nos confina a las mismas acciones, los mismo errores, a las barreras de una discapacidad ficticia. Es un estigma que imprime permanentemente un sello y hace que tropecemos con el borde de la escalera, que derramemos el café sobre nuestra camisa o que vaguemos temerosos en la noche sabiendo que la debilidad, ampliamente superada, nos hará equivocarnos un vez más. Y otra vez.