Están los que pueden dormir en los aviones y los que no podemos. Mi hermana asegura que en el momento en el que se sienta, se deja caer en un sueño profundo que termina con dificultad en el aterrizaje. Me pareció exagerado, pero pude constatarlo hace un par de años, en el último viaje que hicimos juntos. Caminamos por el pasillo móvil; yo cargaba el peso de lo pretendidamente indispensable para el vuelo: mi computadora, un par de libros, dos libretas y unas plumas. Ella llevaba una pequeña bolsa con su pasaporte y una cartera. Se despidió con una sonrisa, mientras acomodaba la cabeza en el asiento. Aún seguían subiendo pasajeros cuando ella se quedó dormida. Ni las instrucciones de seguridad, ni el movimiento del avión en el despegue parecieron molestarla en la profundidad de su sueño. Sentí vértigo en el momento en el que cerró los ojos. Su despedida me hizo sentir inmensamente solo. Pasé las casi cinco horas que duró el vuelo muy incómodo, pendiente de su descanso, sin poder leer, junto a su cuerpo inmutable, abandonado al deslizamiento suave del avión.

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Abandonarse al sueño significa anular, o al menos disminuir, el control conciente sobre el aparato motor. Los movimientos de nuestro cuerpo mientras dormimos siguen su propio aire, en balance contra la aplicación de la voluntad en la vigilia. Al dormir, los niños se desplazan despreocupadamente de un lado a otro de la cama y se considera un avance en el proceso de la madurez el momento en el que pueden dormir sin caer al piso; es uno de los tantos triunfos del dominio personal. En los manuales de buenas costumbres se incluye un capítulo acerca de la etiqueta que debe observarse al dormir; una persona de bien debería guardar la compostura aún a la hora del descanso, recostada a su lado derecho para permitir una circulación armónica y evitar los ronquidos provocados por el sueño bocaarriba. Dormir en un avión implica contar con cierto nivel de seguridad o control de los movimientos en el abandono. También implica aislarse de la proximidad.

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Durante algunos meses, tuve problemas al dormir debido a que en el momento de caer en el letargo inicial, mi cuerpo sufría una fuerte sacudida. En ocasiones, la sacudida era acompañada con la imagen de algo que me golpeaba y me hacía saltar de la cama. Otras veces era simplemente un fuerte tirón que parecía arrancar mis piernas. Dada la recurrencia de la situación, decidí hablar con un médico, quien me recetó un medicamento antiepiléptico ligero. Mi esposa se alarmó cuando le platiqué del tratamiento; curiosamente, el síntoma desapareció con la primera toma. Semanas después, el doctor me confesó que lo que me había recetado era casi un placebo y que mi malestar se debía más a una condición de tensión nerviosa que a un verdadero problema neurológico. La última vez que lo volví a sentir, fue durante un instante en el que casi me quedé dormido en un avión. Un ligero salto por una turbulencia leve en la ensoñación activó el mecanismo y mi cuerpo se crispó, totalmente desorientado. Tardé varios segundos en darme cuenta dónde estaba. En el sueño miraba una puerta enorme que se azotaba frente a mis ojos.

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Mientras miraba a mi hermana dormir me preguntaba qué es lo que soñaría, si es que lo hacía.

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La creciente actividad neuronal y los movimientos oculares durante el momento de soñar mientras el resto del cuerpo permanecía inmóvil, hizo que los neurólogos le dieran a tal estado el nombre de sueño “paradójico”. Mientras los músculos pierden el tono, la actividad cerebral se intensifica. Ahora sabemos que el sueño paradójico comienza 90 minutos después del adormecimiento, y dura aproximadamente 20 minutos. El sueño paradójico se repite cuatro o cinco veces cuando dormimos, lo cual suma en total alrededor de cien minutos de sueño por noche, o lo que es lo mismo, un veinte por ciento del total del sueño. En la antigüedad, éste era el momento en el que el alma abandonaba al cuerpo para vagar por extensas praderas, enfrentar a los demonios o emprender el vuelo. El cuerpo quedaba inmóvil, atrás, lejos de la aventura y el alma se levantaba para vagar por las galerías del inconciente. Hemos volado más en esos momentos que en todos los vuelos trasatlánticos reales que pudiéramos imaginar.

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Cuando de niño vi por primera vez las nubes desde un avión, estaba seguro de haberlas visto así anteriormente.

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Es curioso que los sueños de vuelo se experimenten con más insistencia en edades tempranas o en la vejez. Algunos estudios dicen que volar en sueños es más frecuente en niños menores de seis años y en adultos mayores a sesenta. Lo que me parece más interesante es la posición que naturalmente tenemos en dichos sueños. La imagen natural del volador se nos ha presentado con el cuerpo horizontal, con la cabeza hacia el frente dirigiendo el vuelo. Seguramente la imagen responde a la lógica del vuelo de las aves, cuyo cuerpo sigue la dirección de la mirada. Cuando los niños juegan a volar, extienden los brazos al frente y se inclinan para imaginar que se elevan. Sin embargo, la forma de vuelo más común en los sueños es vertical, como en ascensión, de pie, elevándose por encima de todo. Podríamos entonces decir que el sueño de vuelo se parece más a la experiencia en un helicóptero que en un avión. Posiblemente esto obedezca a que en los sueños nunca perdemos la perspectiva de la mirada y la vista desde el cenit no nos resulta tan familiar.

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El control del vuelo en los sueños hace que la experiencia sea muy placentera. Se dice que, por sus características particulares, los sueños de vuelo facilitan el análisis de los dos estados de conciencia onírica. El primer estado es cuando soñamos que volamos, seguros de no soñar; en el segundo volamos, seguros de estar soñando. A éste último estado se le llama sueño lúcido, y últimamente se ha puesto en boga. Existen agrupaciones que plantean un entrenamiento para lograr una mayor cantidad de sueños lúcidos, lo cual aseguraría un mayor nivel de control durante la noche. Según ellos, cuando sabemos que soñamos, la experiencia onírica se expande; es tener la prerrogativa de controlar los dos mundos en que vivimos. Proponen ayuda para vivir aventuras nocturnas, de forma similar a las agencias de viaje que ofrecen excursiones a parajes exóticos. El entrenamiento para los sueños lúcidos empieza a integrar una industria que ataca un espacio en el tiempo libre que no había sido explorado.

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A fin de cuentas, el sueño es un viaje. El pensamiento vaga por lugares ocultos, privados, únicos.

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Porque en la vigilia, el sueño de vuelo se convierte en levitación. Las historias de levitación, presentes en las vidas de los santos o en su contraparte, los que tienen contacto con lo oculto, adquieren un tono onírico. Es sabido que los místicos como Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Santa Catarina de Siena, se elevaron durante el éxtasis. Se llega a afirmar que San Ignacio de Loyola, no solamente se elevó, sino que desprendió luz en su levitación. Un caso distinto fue el de Girolamo Savonarola, quien se rebelara contra el Papa Alejandro VI en el Renacimiento, e hiciera un llamado a dejar toda vanidad y ceñirse a un orden moral estricto. Como Prior de la Basílica de San Marcos en Florencia, se rehusó a rendir homenaje a los Médicis y adquirió gran poder en la ciudad. El 12 de mayo de 1497, día de la Ascensión, en su sermón desde el púlpito de la Basílica, inició una gran hoguera en la que se quemaron artículos de frivolidad y lujo. Se recorrieron las casas en la busca de peines, espejos y obras de arte, entre muchos otros objetos que distraían de lo esencial al alma. La llamada “Hoguera de las Vanidades” que se inició ese día se repetiría al año siguiente, por lo que se le consideró un gran enemigo de las artes. Es curio
so notar que Miguel Ángel Buonarotti fue un gran seguidor de Savonarola y se cuenta que él mismo participó en la “Hoguera”, quemando alguno de sus cuadros. Savonarola fue excomulgado y juzgado, terminando así con su poder político y eclesiástico sobre Florencia. Durante el juicio fue torturado y en un acto público arrancaron sus vestiduras en la misma plaza donde se hizo la “Hoguera de las Vanidades”, para después quemar su cuerpo como castigo ejemplar. Sus seguidores atestiguaban que Savonarola levitó en repetidas ocasiones durante la tortura.

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También el vuelo fue una característica común de aquellos que se podían comunicar con el más allá. Durante un estado de trance, testigos afirmaban que Daniel Dunglas Home, quien gozara de una cuestionable fama como quiromántico y mago, levitaba para salir por una ventana de su habitación y entrar por la otra. Posteriormente, el acto de volar fue un elemento muy socorrido en el repertorio de los ilusionistas. En la llamada “magia callejera” como la de David Blaine, se han propagado un buen número de técnicas de levitación basadas principalmente en el ángulo de visión del espectador, como en el efecto de “levitación magnética” o en la “levitación de Balducci”. Existe un amplio inventario de posibles trucos de levitación callejera, producto de una habilidosa disposición de los pies y de un juego con las suelas de los zapatos.

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Hace algunos años, el prestigiado mago David Copperfield visitó México. Los boletos para asistir a su espectáculo se agotaron rápidamente. En el espectáculo, el mago volaba por encima de la concurrencia sin que pudiera verse el mínimo indicio del truco. Sin embargo, el día anterior a la fecha del estreno, la empresa que organizaba el evento pidió disculpas al público y solicitó un cambio de fecha, debido a un desperfecto en la “máquina de volar”.

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Entonces vemos a quien duerme y nos preguntamos cuál es la calidad de su sueño; si vuela o si se abandona a una aventura personal, proscrita a nuestros ojos vigilantes.

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La observación de quien duerme es un tópico ampliamente explorado. Esta contemplación pone al observador en una posición de poder contra el indefenso que duerme. Quien vigila parece tiene la ventaja de la inadvertencia, pero a diferencia de quien espía las actividades de alguien despierto, el que mira no tiene acceso al mundo en el que actúa quien duerme. Esta particularidad hace que la relación de poder sea cuestionada. El conflicto se resuelve al dar más peso a la vigilia que al sueño, a los actos que al pensamiento mismo. La postura es determinante; el mundo del sueño se subordina y pierde la consistencia. Quien sueña está indefenso, impedido a la reacción oportuna ante el peligro o cualquier estímulo que requiera una respuesta conciente inmediata. La aparente inmovilidad lo hace presa fácil de cualquier enemigo real. Por otro lado, goza de una situación privada, única, inaccesible, que lo hace poseedor de un secreto inexpugnable.

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Una forma de promover una célebre guardería de la Ciudad de México consiste en invitar a los interesados en inscribir a sus hijos a que hagan una visita al establecimiento al mediodía. Según su estricto programa, a esa hora todos los niños inscritos toman una siesta. Los salones se cubren de almohadones y colchonetas en las cuales los niños duermen. Todos los salones de siesta están dispuestos con una ventana panorámica por la cual los visitantes pueden ver a los niños dormir. Entretanto, la directora del plantel explica que el sueño en los niños pequeños es básico para su desarrollo neuronal. No se muestra mucho más del edificio. Los padres se quedan únicamente con la idea de un grupo de niños durmiendo en diferentes posiciones, mientras las maestras cuidan su sueño guardando el más absoluto silencio.

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Al inicio de la novela La condición humana de André Malraux, el personaje principal acecha a su víctima que duerme, tras el velo de una cortina, con un puñal en la mano. Lo acompañamos en su angustia, antes de dar el salto y quitar la vida de su enemigo. Observa el pie de quien duerme y en el sueño vive un momento distinto. La vigilia marca su distancia y el único puente que los une es el cuchillo.

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Saúl, rey de los judíos, perseguía por el desierto de Zif al recién ungido David, para darle muerte. David, quien se enteró del lugar preciso del campamento de Saúl por medio de espías, entró a la tienda de Saúl cuando estaba dormido. Su lanza estaba clavada en el piso junto a un jarro. Lo acompañaba Abisai, quien le dijo que era su oportunidad de matar a Saúl y terminar con su persecución. David le dice que no matará al ungido por Yavhé mientras duerme, y decide tomar su lanza y el jarro que están a su lado. La iconografía posterior retrata a David, perdonando la vida de un sorprendido Saúl. El perseguidor se da cuenta de la misericordia de David, sin por eso dejar de mostrar el temor en su rostro.

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Esto lleva a la idea de vigilar el sueño de los seres queridos, de pasar las noches en vela haciendo guardia mientras quien amamos descansa. La guardia del sueño es a la vez una muestra de responsabilidad y de cariño singular, cuya simple presentación connota afectos infinitos. Es una muestra primaria de sacrificio; quien hace la guardia deja a un lado su bienestar para entregarse al otro, en un acto inicialmente contemplativo.

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En su novela La casa de las bellas durmientes, Kawabata Yasunari cuenta la historia de un hombre mayor que visita una casa de citas cuyas reglas indican que los visitantes pueden dormir al lado de una bella joven, con la condición de que no pueden tocarla ni despertarla.

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Dice García Lorca: …No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. / No duerme nadie. / Pero si alguien cierra los ojos, / ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!…

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Según los neurólogos existe una relación interesante entre la temperatura cerebral y la estimulación al sueño. Para que se de el sueño paradójico tiene que existir una actividad regulatoria de la temperatura, producto de un balance energético del cerebro. Los vuelos, todas las sorprendentes traslaciones que se dan durante esas misteriosas puestas en escena nocturnas, siguen una fisiología concreta y observable.

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Mirar a alguien dormir es gozar de un espectáculo de inmovilidad, o más bien, de una movilidad lánguida. Sigo mirando a mi hermana, gozando el sueño de los justos, recargada contra la ventanilla del avión y ante un breve movimiento de su brazo, me sorprende la contundencia de su lentitud, contrastada con la suave rapidez del viaje entre las nubes.