La mejor película de Tarkovski comienza con la llegada de un poeta y su alumna a un paraje del campo italiano. La vista es impresionante; a lo lejos, las colinas se asoman tras la niebla frente al valle inundado de bruma. Un automóvil atraviesa la pantalla varias veces hasta detenerse en el segundo cuarto del lado derecho del cuadro. Al detenerse, del auto baja la alumna que camina por el campo al amanecer. El poeta mira a su alumna y piensa, ante la evidente majestuosidad del paisaje, que está cansado de tanta belleza.

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La expresión del poeta en la película resume un problema antiguo ante el quehacer artístico: la aparente incapacidad de alcanzar a plasmar con el lenguaje la totalidad de la experiencia única y subjetiva. Entre el amanecer que vemos y el que podemos describir se encuentra un mecanismo evidente de aproximación, de acercamiento asintótico cuya exactitud aumenta conforme enfrentamos un mayor número de aproximaciones al fenómeno. Sin embargo queda siempre ese espacio infinitesimal entre lo percibido y lo referido, la diferencia elusiva que nos hace callar ante un lenguaje que no alcanza lo majestuoso y apenas sugiere los ínfimos espacios que dividen la materia. Ante la patente incapacidad de llegar al punto de encuentro entre ambos mundos, lingüístico y vivencial, Bretón diría: “Más bien la vida que esos prismas sin espesor aun si los colores son más vivos.”

Tal separación es inherente a nuestra constitución orgánica. El registro de nuestra experiencia está mediado por las condiciones de nuestra percepción. Percibimos el mundo de forma discontinua, en forma discreta a través de los órganos de los sentidos y un sofisticado sistema de respuesta que articula las señales de acuerdo a un esquema discriminatorio. Todas estas señales se integran en una imagen que se une a la siguiente de forma similar a la manera en que funciona un cinematógrafo, con la ilusión de continuidad y movimiento a partir de quantums perceptivos. Sabemos que nuestra conciencia capta el instante con un breve desfase que nos convierte en testigos irremediables del pasado, viviendo la ilusión del presente. Nuestro presente es entonces memoria, narración de lo desaparecido.

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En su ensayo sobre la metáfora, Borges señala que arte y ciencia son comparables al explicar un fenómeno determinado por el método de representación: ambos usan la metáfora como herramienta explicativa y materia de trabajo. En el encuentro de esa metáfora primordial científico y artista juegan sus cartas; en el científico, la metáfora genera un modelo para iniciar la discusión y su encuentro genera más líneas de investigación; en el artista, la metáfora es una suerte de cristalización del pensamiento. En los dos casos, la búsqueda de una forma de representación del universo es lo primordial, la forma final es solamente un pretexto y el conocimiento completo se da por el proceso, por el movimiento hacia una forma.

La enseñanza de la ciencia y el arte se dan por las formas finales, por el estudio de las metáforas terminadas que son tan sólo el encuentro luminoso al final de un largo recorrido. El recuento del viaje se reserva en exclusiva para algunos curiosos, aquellos que buscan un estudio especializado y requieren las notas, la reconstrucción de las horas aciagas en el laboratorio, en la mirada perdida en el paisaje, en el aliento del cazador en la madrugada. Se enseña el trofeo, no el arte de la cacería.

Intro.

K inició como un proyecto de investigación en arte, comunicación y cultura contemporánea. Inicialmente planeado para dar servicio a un grupo internacional de agencias de publicidad, K actualmente se dedica a la búsqueda de nuevos usos en la comunicación contemporánea. K agrupa a especialistas en diferentes áreas de la comunicación y el arte, con el propósito de generar nuevas formas de entender la expresión contemporánea.

Este blog tiene la intención de abrir un espacio informativo y de creación, relacionado con las actividades de K y sus miembros.