Toronto, cinco pm.

La semana pasada lo vimos alejarse. Sin más pesar ni júbilo. Sin que se pudiera hacer gran cosa. Simplemente vimos su figura perderse. En cuanto lo dejamos de ver, caminamos en silencio hasta el café más cercano y compartimos algo de comer. Lo primero que dijimos lo ignoraba pero después de un rato fue inevitable comentar que se había ido posiblemente para siempre. Mientras daba un sorbo a mi taza, el hombre que estaba al fondo del local se levantó y gritó al dependiente que atendía la caja en un idioma desconocido. El rostro del hombre estaba descompuesto y escupía al gritar, con las manos rígidas a su costado. Había bastante gente a esa hora y era evidente que nadie entendía una palabra de lo que decía. El dependiente lo miraba boquiabierto sin hacer gran cosa. El hombre perdió el aliento y calló. Su frente estaba roja y llevaba un abrigo demasiado pesado para la tarde benévola. Una mujer que ponía azúcar a su café levantó los ojos con fastidio. El hombre permaneció inmóvil durante casi un minuto. Mientras tanto, la gente seguía bebiendo a sorbos de sus tazas, guardando silencio. Yo repetí que se había alejado para siempre. Asentimos y limpiamos la mesa para irnos. Al salir, el hombre se había sentado en su lugar, cansado. Lo vimos alejarse, sin pesar, sin alegrarnos ni un poco.

Al final de las vacaciones

Me dijo que no hay momento en el que se pueda bajar la guardia y dejarse ir. Desconfío de los movimientos musculares involuntarios, decía, de la respiración, del tránsito peristáltico de los alimentos, de lo inevitable de la escucha, la vista, o las mareas de la memoria, que no eran sino la ilusión de continuidad que necesitamos para combatir nuestra ansiedad. 

Por eso hay que dormir con un ojo abierto, afirmó, asegurar el tono muscular y, si se puede, emitir un gemido continuo, casi inaudible, a fin que las cuerdas vocales no se distiendan. Y si el sonido se vuelve insoportable a lo largo de los días, habrá que golpear las paredes, sacudirse, masticar trozos de madera hasta que los cóndilos del maxilar se inflamen, tal vez arañarse un poco, las piernas, por ejemplo. 

Otro río

Lleva la voz y la hierba desde lejos

flota al abrigo del caudal y el murmullo

del agua, su fluir que distingue su faz

con apenas destellos que el sol le marca;

su voz, su fina voz, la hierba que flota

y el cauce que esgrime su trueno incansable

marcan la ribera y nos dicen la historia

del mar y la lluvia crecida en la tarde,

sus vapores lentos entre matorrales,

inevitable rostro del mar, el río

es voz del océano alejado, es lengua

que surge de un largo trayecto ilegible;

sentencia, es mandato, es ley que nos arde

en la piel y se vocaliza en nosotros,

en nuestra boca, entre las rocas que tocan

lo que más duele de la tierra y el cielo,

lo que llueve entre nosotros, la sentencia

del mar, de las armas, las ramas caídas,

las burbujas navegantes y el destello

singular y repetido que nos dice

que una voz es la misma voz que es la misma,

que el río es voz del mar, es silbido de alondras

una orden lejana que viaja en la brisa,

en la brizna que flota en la turbulencia.

Sus palabras brillan en la profundidad

de sus aguas y su mandato marino.

Lleva las hojas por un sendero ajeno;

sus corrientes, el cauce, la espuma fugaz,

sus únicos brillos son la voz del mar,

las mareas que contenidas en su paso

expresan su voluntad incontenibles.

Un sueño recurrente para Daniel

“Una vez más, todos vestidos como toreros, en el centro de la plaza, mirábamos con el capote bajo al animal. Su tamaño descomunal, la fuerza en sus patas, nos hacía imaginarnos la embestida, el dolor en la entrada de los pitones. Ahora que lo pienso, más que el impacto inicial, me aterraba el doloroso movimiento del cuerno rasgándome las vísceras. Los toreros estábamos formados uno tras otro, recibiendo ordenadamente la embestida, cornados salvajemente, aguardando a que la víctima en curso cayera descuartizada, para que el siguiente diera un paso al frente y con los ojos cerrados recibiera el golpe del toro asesino, incansable, hasta que no quedara uno solo. Entonces, los toreros muertos se levantaban y volvían a formarse adoloridos y preparados para el castigo. Y eso lo sueño todas las noches; en ocasiones me despierto en la oscuridad, adolorido, con la certeza de que el toro se acerca a toda velocidad”, dijo.

El analista lo miraba callado. “Hmm”. Sus ojos lo estudiaron inexpresivos. Después de unos segundos de silencio, preguntó “y ¿qué asocia con lo que me está diciendo?”.

Parkinson dice

Recordó que en los botes de remo, lo importante es integrarte al movimiento de los demás, dejando que el vaivén te dirija suavemente a cada boga. Cualquier discordancia provoca una disminución en la velocidad y por lo tanto una discontinuidad en el deslizamiento sobre el agua. pareciera que el bote ordena tus propios movimientos.

Nos dijo que siempre admiró a Mohamed Ali. Decía que su elegancia y contundencia eran coreográficas.

Entonces se obligó a ver sus pensamientos aparecer en una suerte de procesión, sin detenerlos, indiscriminados.

Y finalmente, dijo, por qué no dejar pasar también todas esas aglomeraciones de nuestra vida; los pensamientos que se atropellan tras nuestra frente.

Por la misma razón, los ventrílocuos le parecían aberrantes.

Creía en los arranques desesperados de la escritura y en los momentos e inspiración creativa. Decía que en ellos su pensamiento se disolvía con el flujo. Eso, afirmaba, no era un pensamiento muy original. Sin embargo esa marea le parecía desolada.

Nos dijo que sus sacudidas eran, de alguna forma una expresión de balance. El equilibrio expresado en un temblor corporal, incontenible.

Sus dedos paseaban por los pliegues del mantel. Caminaban entre los pequeños cuadros del estampado. También nos dijo que dudaba al ponerse su ropa. Llegó a pensar que las prendas no eran suyas o que habían sido intercambiadas por otras.

Nos dijo que lo único que buscaba era detener la sensación de caída, el sentimiento localizado en la boca del estómago cada vez que abría la puerta y cambiaba de habitación. Tan insoportable era quedarse inmóvil como desplazarse y sentir que el aire nuevo lo llenaba de tristeza. Siempre decía que le daban ganas de llorar, pero no lo hacía, acumulando la tensión a cada minuto. La caída era descontrolada, no forzosamente vertical sino errática y vertiginosa, sin que la perspectiva de choque contra el fondo valga gran cosa.

No podía evitar el miedo que le generaba la desaparición de su cuerpo, de alguna parte de él, al azar, como un brazo o el ojo derecho.

Entonces le parecían desconocidos los lugares que frecuentó en el pasado.


La tormenta

Trazan sus pasos el rastro de la tromba

y su camino desata la tormenta.
La ribera se disuelve en el azote
de la lluvia y el viento. En tanto viaja
contra el agua que lo ciega paso a paso
como los recuerdos ciegan el presente.
Su corriente nos arrastra atropellada
por los olores de la hierba, las tardes,
nuestra casa en llamas contra el cielo ardiente,
la pulsión que incendia nuestro pensamiento,
ese mundo que fue nuestro, desmembrado.
El torrente lleva los últimos restos
de todo, lo nuestro, lo ajeno, lo perdido;
lleva las hojas y desde lejos flota
el rastro de sus afectos olvidados.
La evidencia es su paso ante el desastre.