Nadando hasta que no haya forma de volver

Porque llega un momento en el cual si seguimos nadando, el sentido común nos dice que no podremos volver. Algo contrario al momento en el que salimos de la orilla, jóvenes, con fuerza, a sabiendas que la idea de partir y lo que habíamos estado esperando desde que vimos el mar por primera vez es lo único importante. Tocamos la orilla con los pies y nos dejamos ir con la idea de que aprenderíamos el braceo pertinente, que podríamos patalear con ritmo y avanzar kilómetros sin chistar, sin darnos cuenta apenas de que el mar no se acabaría a pesar de nuestra voluntad de nado. Las olas mantienen su forma ondulante y aumentan la distancia hacia todos lados para que el movimiento de nuestro cuerpo sea apenas un remedo de viaje. En la agitación, nada se mueve, solamente nos internamos en las aguas inútilmente, hasta que algo nos diga que si seguimos adelante, o hacia aquella ilusión de avance, no regresaremos, nuestra vida no será suficiente para lograr volver. Por primera vez desde que salimos, recordamos la tranquilidad de la playa, la calidez del abrazo de la gente que nos quiso, la sonrisa de nuestros amigos. Todo aquello que prometimos dejar para siempre, se vuelve importante porque el mar, en su infinita confusión, nos arrastra hacia la nada. Lo que soñamos es solamente una forma de saber que deseamos imaginarlo, pero no partir, a pesar de ser demasiado tarde para darnos cuenta de ello. Ahora pensamos volver en la convulsión de la marea que nos impide ver la costa. Seguiremos nadando sin saber. Nada.

Fin del verano

La luz perdida del verano se fija en nuestros párpados. El verdor, la suavidad del aire, la caricia del contorno celeste, todo llega en forma de recuerdo, partiendo desde el instante mismo de su llegada. Más que fugacidad, el verano parece condenado a vivir en el pasado hoy mismo; es engaño, ilusión destinada a darnos ánimo, a volver soportable la fatiga, la vida en la oscuridad, los ojos desconcertados en las mazmorras. Mientras tanto, dejemos que la tarde nos toque con su ilusión, con sus mentiras y su dulzura. Olvidemos los látigos, el dolor en los huesos, el peso que curva nuestra espalda.

Trampas

Suelen decir que las lesiones musculares generan una memoria profunda, casi oculta. El músculo queda susceptible a repetir la lesión, independientemente de su total rehabilitación. Aun cuando el resto del organismo pueda generar una protección y soporte adicional a la zona afectada, esa memoria de la lesión se vuelve una característica de la conducta del músculo, una condición del comportamiento del mismo. El músculo lesionado simula, repite en su memoria la lesión y se lastima sin haber una causa evidente. De manera similar al torbellino que captura a los adictos y los sumerge en un comportamiento que los ahogará, el músculo inventa y reincide en una situación de la que ya se ha curado. Vemos a estos individuos levantar los brazos con timidez, caminar con torpeza, levantar objetos del piso con gran dificultad, víctimas del recuerdo de un dolor que ya no existe.

Tal es la marca del dolor o del placer que nos confina a las mismas acciones, los mismo errores, a las barreras de una discapacidad ficticia. Es un estigma que imprime permanentemente un sello y hace que tropecemos con el borde de la escalera, que derramemos el café sobre nuestra camisa o que vaguemos temerosos en la noche sabiendo que la debilidad, ampliamente superada, nos hará equivocarnos un vez más. Y otra vez.

Sigue Parkinson

Jeremías hablaba. Con voz desconocida, desbocado por decir lo impropio, lo sagrado desde un cuerpo terreno y de alguna forma profano, lo hacía consciente de su función de objeto, de amplificador de lo divino entre seres imperfectos que lo escuchaban, testigos de la contradicción y del discurso desbordado, autónomo y a la vez apasionado. La multitud lo mira hablar; observa y cruza sin escuchar lo que dice. El habla sigue fluyendo de su boca a pesar de sus labios. No se resiste más. Es un instrumento y permite que sus gestos enfaticen y marquen los acentos, las pausas. Su rostro acompaña con gestos y a veces también se separa inexpresivo, usando su neutralidad como evidencia del misterio o también como una muestra de dolor.

En la sala, los niños desfilaban uno por uno, al llamado de un hombre robusto de corta estatura, sentado en el piano. No hablaba. Se limitaba a tocar unas cuantas teclas que correspondían al primer compás de una obra conocida. Cada niño se acercaba y percibía los ojos cerrados bajo los lentes, su gesto grave y su olor a encierro, mientras la cabeza agachada esperaba que el niño siguiera con un canto ligero las notas. Repetía las notas en el piano con cada niño que seguía con variada actitud. Su mano izquierda en el piano dejaba que la derecha indicara el pie para que el niño cantara e inmediatamente señalara uno u otro grupo. La selección seguía un criterio privado y los niños se miran sin saber si están en el grupo correcto o no. Él pasa y canta. Al cantar, su voz sigue autónomamente la tonada. Sabe que no fue él quien cantó. Al terminar las notas, la mano señala anónima la dirección y el se reúne con sus nuevos compañeros. Nunca más volverá a cantar igual y lo intuye desde el momento en el que pasó al grupo señalado, por lo que siente miedo, se siente presionado por haber fingido involuntariamente la voz y sin poder explicar cómo lo hizo. Al cruzar la sala y llegar donde se reunía el grupo, apenas miró los rostros de los demás. Su llegada pretendía ser anónima y parecía que él prefería no ser visto. Miró cuidadosamente de reojo, deseando que nadie lo notara. En principio, nadie lo veía. Todos prestaban atención al proceso, aunque era evidente que estaban aburridos. Antes de mirar nuevamente hacia el piano, alcanzó a sentir los ojos de alguien que lo cuestionaba y no se atrevió a enfrentar la vista. Supo que durante toda la selección, los ojos del otro no se le despegaron en ningún momento, protegido únicamente por su aparente indiferencia, recordando que cuando más joven se escondía de su madre cerrando los ojos. El hombre seguía tocando la secuencia en el piano, mientras escuchaba la entonación de los alumnos. Él supo que no podría defenderse; la energía de su mirada le perforaba el cuello y sentía como su piel quedaba marcada, lacerada para siempre.

Una forma de sentir el llamado de la voz es privarse de los placeres más inmediatos. Para empezar, la vista, primera puerta del placer, debe limitarse, por lo cual, aquellos llamados a recibir la voz deben mantener su mirada bajo control. Algunos usan parches o incluso están los que se dañan la vista con cataplasmas de vinagre hasta que quedan hundidos en la sombra.

La voz es implacable y cruel. Aquellos que la reciben no pueden evitar acusar temor detrás de sus testimonios, entre palabras de alabanza y afirmaciones obscuras. Se les ve caminar por la calle nerviosos, sobresaltados con el canto de un jilguero o perturbados por cualquier rayo de sol. Dicen que sus palabras muestran el camino de la esperanza, pero también el castigo vigoroso que merecen los infieles.

En la introducción de Música para Camaleones, Truman Capote cuenta la forma en que su escritura es dominada por un verdugo que lo obliga a trabajar frente al escritorio, sin misericordia.

Por lo tanto, no hay remedio para quien es llamado. Nadie puede sustraerse al relámpago. No basta con intentar perder la fe. La voz sabe su camino, como lo saben el viento y el agua. No hay denostación que conjure a esa presencia que llama en el silencio y en el bullicio, que persigue con las mandíbulas rechinantes a los llamados que en ocasiones tratan de huir, de negar la devoción y el respeto. Cuando la voz se presenta, la libertad es solamente una conjetura y la muerte la mutación de un vehículo.

Los niños que cantan frente a un hombre que los dirige, no saben que están siendo preparados para recibir la voz.

Uno de los niños, elegido por el maestro, da un paso al frente y canta el Miserere. El coro responde y apuntala su voz, la voz, que se eleva en una plegaria que los hace temblar.

Felices escuchamos los cantos sin saber la condena que esconden.

“Hazme instrumento de tu amor”, dice y abre los brazos con osadía, con un movimiento casi prohibido, dejando que su piel palpe el viento y su cuerpo exprese con teatralidad proscrita el exceso de la voz, lo que su propia articulación no puede contener ya, una suerte de palpitación, de suspiro que da cuenta del significado de las palabras, comúnmente oculto para él y que por un momento se revela. Segundos después, su atrevimiento será reprimido y el dolor atacará sus huesos, su lengua, su sangre.

No se trata tampoco de evitar el tarareo o forzar la memoria para que una tonada enmascare la canción original que la voz dicta. Cualquier palabra en la boca de los llamados es ajena. El nombre propio, cualquier apelativo, no es más que una simulación.

Cuando decimos que habla como si fuera otra persona, apenas rozamos la superficie del fenómeno.

A lo largo de la historia se ha visto cómo los tiranos pueden ser derrotados. Comienza con la toma de conciencia, con una estructuración de una plataforma ideológica que deriva discursos libertarios. Los más reactivos sueñan; se reúnen en grupos pequeños, en la oscuridad, se sienten invencibles y a la vez ultrajados e indefensos; eso los hace fuertes y los incita a seguir con la subversión. Sus palabras tratan de salirse de la norma para instaurar otra. Sus cuerpos siguen el impulso dóciles. De pronto están listos y dispuestos a morir. Y mueren. Pero, en algunos casos, la fuerza de un nuevo discurso derrota al tirano. Sacude sus entrañas y lo destroza. Los rebeldes se pelean por una mordida de su cuerpo senil. Piden sangre; largos tragos. Se untan sus vísceras. Alguien se levanta y dice que este momento debe ser recordado, siempre. Cantan. Dibujan las batallas en las que perdieron los brazos y las piernas por la libertad. Bailan. Pero esto es solamente posible si la voz no está presente. Contra la voz no hay rebelión. Nadie puede hacerle nada. Nos anula; habla por nuestras bocas. Es invencible.

Cito a Darío: pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

De esto se trata

Entonces, me levanto de la cama y no entiendo por qué el mareo no cesa. La ventana se me viene encima y corro hacia el otro lado tratando de esquivarla, chocando contra los pies de la cama y enredándome con la ropa tirada en el piso. Escucho los gritos a la distancia y reconozco que tengo que salir de ahí lo antes posible, tengo que acallar el llanto en la habitación contigua pero el balanceo se vuelve más violento y no me permite dar otro paso sin caer al piso una y otra vez. Decido esperar. Viajo con el vaivén mientras los gritos se vuelven más apremiantes, pero ya no puedo hacer nada. Cierro los ojos. Sigo viajando.