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Fin del verano

La luz perdida del verano se fija en nuestros párpados. El verdor, la suavidad del aire, la caricia del contorno celeste, todo llega en forma de recuerdo, partiendo desde el instante mismo de su llegada. Más que fugacidad, el verano parece condenado a vivir en el pasado hoy mismo; es engaño, ilusión destinada a darnos ánimo, a volver soportable la fatiga, la vida en la oscuridad, los ojos desconcertados en las mazmorras. Mientras tanto, dejemos que la tarde nos toque con su ilusión, con sus mentiras y su dulzura. Olvidemos los látigos, el dolor en los huesos, el peso que curva nuestra espalda.

Trampas

Suelen decir que las lesiones musculares generan una memoria profunda, casi oculta. El músculo queda susceptible a repetir la lesión, independientemente de su total rehabilitación. Aun cuando el resto del organismo pueda generar una protección y soporte adicional a la zona afectada, esa memoria de la lesión se vuelve una característica de la conducta del músculo, una condición del comportamiento del mismo. El músculo lesionado simula, repite en su memoria la lesión y se lastima sin haber una causa evidente. De manera similar al torbellino que captura a los adictos y los sumerge en un comportamiento que los ahogará, el músculo inventa y reincide en una situación de la que ya se ha curado. Vemos a estos individuos levantar los brazos con timidez, caminar con torpeza, levantar objetos del piso con gran dificultad, víctimas del recuerdo de un dolor que ya no existe.

Tal es la marca del dolor o del placer que nos confina a las mismas acciones, los mismo errores, a las barreras de una discapacidad ficticia. Es un estigma que imprime permanentemente un sello y hace que tropecemos con el borde de la escalera, que derramemos el café sobre nuestra camisa o que vaguemos temerosos en la noche sabiendo que la debilidad, ampliamente superada, nos hará equivocarnos un vez más. Y otra vez.

La semana pasada lo vimos alejarse. Sin más pesar ni júbilo. Sin que se pudiera hacer gran cosa. Simplemente vimos su figura perderse. En cuanto lo dejamos de ver, caminamos en silencio hasta el café más cercano y compartimos algo de comer. Lo primero que dijimos lo ignoraba pero después de un rato fue inevitable comentar que se había ido posiblemente para siempre. Mientras daba un sorbo a mi taza, el hombre que estaba al fondo del local se levantó y gritó al dependiente que atendía la caja en un idioma desconocido. El rostro del hombre estaba descompuesto y escupía al gritar, con las manos rígidas a su costado. Había bastante gente a esa hora y era evidente que nadie entendía una palabra de lo que decía. El dependiente lo miraba boquiabierto sin hacer gran cosa. El hombre perdió el aliento y calló. Su frente estaba roja y llevaba un abrigo demasiado pesado para la tarde benévola. Una mujer que ponía azúcar a su café levantó los ojos con fastidio. El hombre permaneció inmóvil durante casi un minuto. Mientras tanto, la gente seguía bebiendo a sorbos de sus tazas, guardando silencio. Yo repetí que se había alejado para siempre. Asentimos y limpiamos la mesa para irnos. Al salir, el hombre se había sentado en su lugar, cansado. Lo vimos alejarse, sin pesar, sin alegrarnos ni un poco.

Me dijo que no hay momento en el que se pueda bajar la guardia y dejarse ir. Desconfío de los movimientos musculares involuntarios, decía, de la respiración, del tránsito peristáltico de los alimentos, de lo inevitable de la escucha, la vista, o las mareas de la memoria, que no eran sino la ilusión de continuidad que necesitamos para combatir nuestra ansiedad. 

Por eso hay que dormir con un ojo abierto, afirmó, asegurar el tono muscular y, si se puede, emitir un gemido continuo, casi inaudible, a fin que las cuerdas vocales no se distiendan. Y si el sonido se vuelve insoportable a lo largo de los días, habrá que golpear las paredes, sacudirse, masticar trozos de madera hasta que los cóndilos del maxilar se inflamen, tal vez arañarse un poco, las piernas, por ejemplo. 

La voz

Siempre me queda la duda si el que se asoma al espejo soy yo. Una nota sobre la voz.

Para escuchar la nota, dar click en la liga:  La voz2

Para escuchar la nota, dar click a continuación : Nota Gavin Bryars

Otro río

Lleva la voz y la hierba desde lejos

flota al abrigo del caudal y el murmullo

del agua, su fluir que distingue su faz

con apenas destellos que el sol le marca;

su voz, su fina voz, la hierba que flota

y el cauce que esgrime su trueno incansable

marcan la ribera y nos dicen la historia

del mar y la lluvia crecida en la tarde,

sus vapores lentos entre matorrales,

inevitable rostro del mar, el río

es voz del océano alejado, es lengua

que surge de un largo trayecto ilegible;

sentencia, es mandato, es ley que nos arde

en la piel y se vocaliza en nosotros,

en nuestra boca, entre las rocas que tocan

lo que más duele de la tierra y el cielo,

lo que llueve entre nosotros, la sentencia

del mar, de las armas, las ramas caídas,

las burbujas navegantes y el destello

singular y repetido que nos dice

que una voz es la misma voz que es la misma,

que el río es voz del mar, es silbido de alondras

una orden lejana que viaja en la brisa,

en la brizna que flota en la turbulencia.

Sus palabras brillan en la profundidad

de sus aguas y su mandato marino.

Lleva las hojas por un sendero ajeno;

sus corrientes, el cauce, la espuma fugaz,

sus únicos brillos son la voz del mar,

las mareas que contenidas en su paso

expresan su voluntad incontenibles.

“Una vez más, todos vestidos como toreros, en el centro de la plaza, mirábamos con el capote bajo al animal. Su tamaño descomunal, la fuerza en sus patas, nos hacía imaginarnos la embestida, el dolor en la entrada de los pitones. Ahora que lo pienso, más que el impacto inicial, me aterraba el doloroso movimiento del cuerno rasgándome las vísceras. Los toreros estábamos formados uno tras otro, recibiendo ordenadamente la embestida, cornados salvajemente, aguardando a que la víctima en curso cayera descuartizada, para que el siguiente diera un paso al frente y con los ojos cerrados recibiera el golpe del toro asesino, incansable, hasta que no quedara uno solo. Entonces, los toreros muertos se levantaban y volvían a formarse adoloridos y preparados para el castigo. Y eso lo sueño todas las noches; en ocasiones me despierto en la oscuridad, adolorido, con la certeza de que el toro se acerca a toda velocidad”, dijo.

El analista lo miraba callado. “Hmm”. Sus ojos lo estudiaron inexpresivos. Después de unos segundos de silencio, preguntó “y ¿qué asocia con lo que me está diciendo?”.

Parkinson dice

Recordó que en los botes de remo, lo importante es integrarte al movimiento de los demás, dejando que el vaivén te dirija suavemente a cada boga. Cualquier discordancia provoca una disminución en la velocidad y por lo tanto una discontinuidad en el deslizamiento sobre el agua. pareciera que el bote ordena tus propios movimientos.

Nos dijo que siempre admiró a Mohamed Ali. Decía que su elegancia y contundencia eran coreográficas.

Entonces se obligó a ver sus pensamientos aparecer en una suerte de procesión, sin detenerlos, indiscriminados.

Y finalmente, dijo, por qué no dejar pasar también todas esas aglomeraciones de nuestra vida; los pensamientos que se atropellan tras nuestra frente.

Por la misma razón, los ventrílocuos le parecían aberrantes.

Creía en los arranques desesperados de la escritura y en los momentos e inspiración creativa. Decía que en ellos su pensamiento se disolvía con el flujo. Eso, afirmaba, no era un pensamiento muy original. Sin embargo esa marea le parecía desolada.

Nos dijo que sus sacudidas eran, de alguna forma una expresión de balance. El equilibrio expresado en un temblor corporal, incontenible.

Sus dedos paseaban por los pliegues del mantel. Caminaban entre los pequeños cuadros del estampado. También nos dijo que dudaba al ponerse su ropa. Llegó a pensar que las prendas no eran suyas o que habían sido intercambiadas por otras.

Nos dijo que lo único que buscaba era detener la sensación de caída, el sentimiento localizado en la boca del estómago cada vez que abría la puerta y cambiaba de habitación. Tan insoportable era quedarse inmóvil como desplazarse y sentir que el aire nuevo lo llenaba de tristeza. Siempre decía que le daban ganas de llorar, pero no lo hacía, acumulando la tensión a cada minuto. La caída era descontrolada, no forzosamente vertical sino errática y vertiginosa, sin que la perspectiva de choque contra el fondo valga gran cosa.

No podía evitar el miedo que le generaba la desaparición de su cuerpo, de alguna parte de él, al azar, como un brazo o el ojo derecho.

Entonces le parecían desconocidos los lugares que frecuentó en el pasado.


Sigue Parkinson

Jeremías hablaba. Con voz desconocida, desbocado por decir lo impropio, lo sagrado desde un cuerpo terreno y de alguna forma profano, lo hacía consciente de su función de objeto, de amplificador de lo divino entre seres imperfectos que lo escuchaban, testigos de la contradicción y del discurso desbordado, autónomo y a la vez apasionado. La multitud lo mira hablar; observa y cruza sin escuchar lo que dice. El habla sigue fluyendo de su boca a pesar de sus labios. No se resiste más. Es un instrumento y permite que sus gestos enfaticen y marquen los acentos, las pausas. Su rostro acompaña con gestos y a veces también se separa inexpresivo, usando su neutralidad como evidencia del misterio o también como una muestra de dolor.

En la sala, los niños desfilaban uno por uno, al llamado de un hombre robusto de corta estatura, sentado en el piano. No hablaba. Se limitaba a tocar unas cuantas teclas que correspondían al primer compás de una obra conocida. Cada niño se acercaba y percibía los ojos cerrados bajo los lentes, su gesto grave y su olor a encierro, mientras la cabeza agachada esperaba que el niño siguiera con un canto ligero las notas. Repetía las notas en el piano con cada niño que seguía con variada actitud. Su mano izquierda en el piano dejaba que la derecha indicara el pie para que el niño cantara e inmediatamente señalara uno u otro grupo. La selección seguía un criterio privado y los niños se miran sin saber si están en el grupo correcto o no. Él pasa y canta. Al cantar, su voz sigue autónomamente la tonada. Sabe que no fue él quien cantó. Al terminar las notas, la mano señala anónima la dirección y el se reúne con sus nuevos compañeros. Nunca más volverá a cantar igual y lo intuye desde el momento en el que pasó al grupo señalado, por lo que siente miedo, se siente presionado por haber fingido involuntariamente la voz y sin poder explicar cómo lo hizo. Al cruzar la sala y llegar donde se reunía el grupo, apenas miró los rostros de los demás. Su llegada pretendía ser anónima y parecía que él prefería no ser visto. Miró cuidadosamente de reojo, deseando que nadie lo notara. En principio, nadie lo veía. Todos prestaban atención al proceso, aunque era evidente que estaban aburridos. Antes de mirar nuevamente hacia el piano, alcanzó a sentir los ojos de alguien que lo cuestionaba y no se atrevió a enfrentar la vista. Supo que durante toda la selección, los ojos del otro no se le despegaron en ningún momento, protegido únicamente por su aparente indiferencia, recordando que cuando más joven se escondía de su madre cerrando los ojos. El hombre seguía tocando la secuencia en el piano, mientras escuchaba la entonación de los alumnos. Él supo que no podría defenderse; la energía de su mirada le perforaba el cuello y sentía como su piel quedaba marcada, lacerada para siempre.

Una forma de sentir el llamado de la voz es privarse de los placeres más inmediatos. Para empezar, la vista, primera puerta del placer, debe limitarse, por lo cual, aquellos llamados a recibir la voz deben mantener su mirada bajo control. Algunos usan parches o incluso están los que se dañan la vista con cataplasmas de vinagre hasta que quedan hundidos en la sombra.

La voz es implacable y cruel. Aquellos que la reciben no pueden evitar acusar temor detrás de sus testimonios, entre palabras de alabanza y afirmaciones obscuras. Se les ve caminar por la calle nerviosos, sobresaltados con el canto de un jilguero o perturbados por cualquier rayo de sol. Dicen que sus palabras muestran el camino de la esperanza, pero también el castigo vigoroso que merecen los infieles.

En la introducción de Música para Camaleones, Truman Capote cuenta la forma en que su escritura es dominada por un verdugo que lo obliga a trabajar frente al escritorio, sin misericordia.

Por lo tanto, no hay remedio para quien es llamado. Nadie puede sustraerse al relámpago. No basta con intentar perder la fe. La voz sabe su camino, como lo saben el viento y el agua. No hay denostación que conjure a esa presencia que llama en el silencio y en el bullicio, que persigue con las mandíbulas rechinantes a los llamados que en ocasiones tratan de huir, de negar la devoción y el respeto. Cuando la voz se presenta, la libertad es solamente una conjetura y la muerte la mutación de un vehículo.

Los niños que cantan frente a un hombre que los dirige, no saben que están siendo preparados para recibir la voz.

Uno de los niños, elegido por el maestro, da un paso al frente y canta el Miserere. El coro responde y apuntala su voz, la voz, que se eleva en una plegaria que los hace temblar.

Felices escuchamos los cantos sin saber la condena que esconden.

“Hazme instrumento de tu amor”, dice y abre los brazos con osadía, con un movimiento casi prohibido, dejando que su piel palpe el viento y su cuerpo exprese con teatralidad proscrita el exceso de la voz, lo que su propia articulación no puede contener ya, una suerte de palpitación, de suspiro que da cuenta del significado de las palabras, comúnmente oculto para él y que por un momento se revela. Segundos después, su atrevimiento será reprimido y el dolor atacará sus huesos, su lengua, su sangre.

No se trata tampoco de evitar el tarareo o forzar la memoria para que una tonada enmascare la canción original que la voz dicta. Cualquier palabra en la boca de los llamados es ajena. El nombre propio, cualquier apelativo, no es más que una simulación.

Cuando decimos que habla como si fuera otra persona, apenas rozamos la superficie del fenómeno.

A lo largo de la historia se ha visto cómo los tiranos pueden ser derrotados. Comienza con la toma de conciencia, con una estructuración de una plataforma ideológica que deriva discursos libertarios. Los más reactivos sueñan; se reúnen en grupos pequeños, en la oscuridad, se sienten invencibles y a la vez ultrajados e indefensos; eso los hace fuertes y los incita a seguir con la subversión. Sus palabras tratan de salirse de la norma para instaurar otra. Sus cuerpos siguen el impulso dóciles. De pronto están listos y dispuestos a morir. Y mueren. Pero, en algunos casos, la fuerza de un nuevo discurso derrota al tirano. Sacude sus entrañas y lo destroza. Los rebeldes se pelean por una mordida de su cuerpo senil. Piden sangre; largos tragos. Se untan sus vísceras. Alguien se levanta y dice que este momento debe ser recordado, siempre. Cantan. Dibujan las batallas en las que perdieron los brazos y las piernas por la libertad. Bailan. Pero esto es solamente posible si la voz no está presente. Contra la voz no hay rebelión. Nadie puede hacerle nada. Nos anula; habla por nuestras bocas. Es invencible.

Cito a Darío: pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

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